Maxi Iglesias: «En los campamentos era un ligón, ¡ligaba hasta con tres!

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¡Hola Maxi! Nos hemos enterado de que tú viviste unos veranos alucinantes en los campamentos. Confiésanos… ¿Qué buscabas con eso, aventuras o ligoteo?
—Primero aventuras y luego ya lo segundo, ja, ja. La verdad es que fui desde los seis años hasta los quince o dieciséis, hasta el verano antes de entrar en Física o química. Ya llegué al tope de lo que se podía, porque el siguiente paso ya era hacerte monitor. Y claro, al principio cuando era pequeño lo que hacíamos era jugar, estar por la noche con las linternas buscando gamusinos, y luego ya más adelante con 14 o 15 los gamusinos venían a ti… ¡Reconozco que me lo he pasado muy bien! Y ligaba bastante, tengo que reconocerlo.

Y eso que dicen que quienes ligan son los monitores
—Mi reto ya al final, de hecho, ¡era ligar con las monitoras! Ya no valía otra cosa… Además, es que tampoco había tanta diferencia de edad, ellas tenían tres años más que nosotros sólo, incluso en el último año era sólo un año de diferencia. Y era muy gracioso. Pero sí, lo cierto es que en los campamentos yo siempre me lo he pasado genial, por eso es algo que siempre recomiendo a mis primos, porque te obligas a desenvolverte en un entorno que no es el tuyo con gente que no es la tuya, sin que tus padres te cocinen, ja, ja…

¿Se lo recomiendas a la peña?
—Sí, es una experiencia que yo recomiendo y vale, siempre hay gente que lo pasa mal porque no está acostumbrada. De hecho, mi primer campamento fue muy difícil porque se acababa de morir mi padre y me sentía súper solo. De hecho, vinieron a verme mis abuelos. Pero me acuerdo que al siguiente año fui con unas ganas… Estuve en Cantabria, en Navarra, en el norte de Burgos, y me encantaba porque por las noches hacía frío y yo estaba en julio con mi forro polar en la hoguerita, y luego ya sabéis, que si me dejas dormir en tu saco, que si vale… ja, ja, ja.

¡Tú sí que sabes, Maxi! ¿Recuerdas algún juego al que jugaras en los campamentos y te gustara especialmente?
—El clásico que todos tenemos en la cabeza es el de la botella, pero me acuerdo de que había uno que jugué en los últimos años y consistía en que si decían tu nombre tenías que levantarte y la persona que estaba en el medio con los ojos cerrados tenía que saber quién eras, y si lo adivinaba tenía que dar un beso… algo así. Siempre estaban de por medio los besos, no me preguntéis por qué, era algo ante lo que la gente decía que no, pero luego bien que les gustaba… ¡Era la leche! Había un montón de juegos. Y molaba un montón cuando llegabas al campamento al año siguiente y se repetían juegos pero se hacían con otra gente, cada año era con monitores diferentes y en un sitio diferente. La clave era nunca repetir, porque si no, se hacen grupos de amigos que siempre son los mismos. Pero no. Lo que mola de un campamento es llegar y conocer cada año a gente nueva.

¿Y tú crees en leyendas e historias sobrenaturales, lo típico que se cuenta en los campamentos?
—No. De pequeño a lo mejor me engañaban a veces, pero a raíz de ir de
campamentos ya no. Luego era yo quien les decía a los demás que fuesen a
buscar gamusinos, ja, ja, ja.

En tu nueva peli, «El secreto de los 24 escalones» vives un doble amor, hay un pequeño trío. ¿Eso te ha pasado en los campamentos?
—Sí, sí, doble amor y triple, ¡ligaba hasta con tres! Es que en los campamentos la gente iba muy a full, no sé por qué. Se juntaba el verano, el frío por las noches y pillaba todo el mundo…

¡Serías de los ligones del campamento!
—Me lo pasaba muy bien, ja, ja, ja…

¿Pero pillabas tú sólo o todos?
—Pues fíjate que yo todos los años había ido solo, pero el último año vinieron conmigo dos amigos de clase. Y mi amigo Luisito, que parece que no, ligó con dos que yo dije: «Pero tío, ¿cómo lo haces?». Fue muy máquina, muy crack.

¿Sigues yendo de cámping?
—¡Hace unos días estuve de cámping con mis tíos!

Maxi, ¿y tuviste muchos amores de verano en aquellos campamentos?
—¡Sí, sí! Yo era muy feliz…


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